miércoles, 16 de octubre de 2013

Alcornoque Navalmoral de la Mata


Nos vinculamos a nuestro entorno, aunque no queramos. De esto estoy plenamente seguro. Todos nosotros hablamos de mayores acerca de las cosas que vivimos en nuestra infancia y en una gran parte de ellas están vinculadas al entorno y muchas veces, los árboles son grandes protagonistas.

Nuestros ancestros han vivido fundamentalmente en pueblos en su niñez. Somos la primera generación, que ha vivido plenamente la infancia en zonas urbanas, gracias a la revolución industrial del siglo XX, donde las migraciones hacia las ciudades fueron masivas.

Debemos saber que hemos perdido una gran experiencia en nuestras vidas. He escuchado placidamente grandes historias de mis abuelos (gracias, Benita), padres o amigos con más edad. Historias maravillosas vinculadas a nieves, sendas en bosques, lobos o grandes alcornocales familiares donde se enseñaba a los niños a vivir con la naturaleza vinculada en sus vidas.

Hoy no tenemos nada de todo eso, por que nos hemos separado radicalmente de la naturaleza, aunque algunos nos hemos empeñado en provocar en nuestros hijos una dicotomía entre ciudad y campo, entre coches de ultima generación y árboles milenarios, entre cines en 3D y bosques singulares, y por supuesto, entre amor paternal y  natural, entre crecimiento personal y respeto hacia otras formas de vida con su pleno derecho a vivir.

Hay algo que me fascina cada vez que puedo verlo. Cuando se produce el descorche del alcornoque en los primeros días, la capa de cambium interna que se muestra visible es extraordinariamente roja. Pero lo mejor está por llegar, cuando podemos observar estos colores cuando la luz del día acaba y los rayos de luz se reflejan horizontalmente, provocando cambios constantes de tonalidad en estos troncos, pasando del naranja al ocre y del ocre al rojo intenso. Fantástico.

Algún profano podría pensar en el daño que se produce en el árbol al retirarle la corteza y dejarle desprotegido. Es cierto que ver alcornoques nunca descorchados es algo grandioso. Pero la verdad que si hablamos de ecología esta práctica ancestral es el ejemplo vivo de sostenibilidad. Existen más bosques por que son rentables, mucha gente puede vivir del campo sin arrasar los mismos para agriculturas intensivas, se lucha contra el cambio climático, se consigue un material, el suber o corcho, de propiedades magníficas y participa en la elaboración de un producto maravilloso como es el vino.

Lo único que se puede pedir ya es que esa moda de tapones de plástico que se intenta introducir en el mundo del vino sea solo eso, una moda, se tenga en cuenta todo esto y se mantenga lo ancestral, que además es sin duda, mucho mejor.


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